El Patek Philippe de John Lennon, el Rolex Daytona de Paul Newman, el Omega Speedmaster de Buzz Aldrin, el Richard Mille de Rafael Nadal y ahora el Royal Oak de Bad Bunny. La última Super Bowl —The Benito Bowl— pasará a la historia como una explosión nuclear donde una actuación de 13 minutos en el intermedio del evento deportivo anual más mediático del mundo ha redefinido la jerarquía de la música como arma de integración masiva. En un contexto donde Estados Unidos vive en un magma político con repercusiones globales, el reggaeton de Bad Bunny logró con una efímera coreografía repleta de simbolismos lo que la diplomacia internacional no había logrado desde el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos con su afán de redefinir el mundo.
Cuatro mil millones de visualizaciones en 24 horas. La cifra mareante de la actuación del boricua en el Super Bowl LX no solo redefinió lo que significa un momento cultural en la era de la hiperconectividad. Convirtió un reloj en protagonista silencioso de una declaración que trasciende el lujo, el entretenimiento. En la muñeca de Benito Antonio Martínez Ocasio brillaba un Audemars Piguet Royal Oak de oro amarillo con esfera de malaquita verde. Un modelo presentado apenas una semana antes en Suiza como novedad que apenas ha llegado al público. Un reloj que, en su combinación de oro y verde vibrante, parecía diseñado para ese preciso instante: flashy, desafiante, inequívocamente reggaetonero.
La imagen resonó con fuerza porque contenía las contradicciones de nuestro tiempo. Bad Bunny vestía Zara, la marca de moda rápida accesible, mientras en su muñeca portaba una pieza de alta relojería cuyo precio es de 85,000 dólares. ¿Contradicción? Solo en apariencia.
El eterno Royal Oak
Volvamos a 1972. Aquel año, Audemars Piguet lanzó el Royal Oak diseñado por Gérald Genta, un reloj de acero inoxidable con precio de oro. En plena crisis del petróleo, mientras el mundo se tambaleaba económicamente, la manufactura suiza apostaba por redefinir qué significaba un reloj de lujo. No era el material precioso lo que lo hacía valioso sino el diseño audaz, el cambio de paradigma de lo que importaba, la capacidad de capturar el espíritu de su época. Un entorno parecido al que se vivió en el Levi’s Stadium de Santa Clara el domingo.
El Royal Oak fue el primer reloj de la cultura contemporánea porque pulverizó criterios clásicos. Costaba como un Patek Philippe de oro, pero estaba hecho de acero. Una revolución similar a convertir “las canciones que no se entienden” del conejo malo en éxitos planetarios. Y 54 años después otro Royal Oak vuelve a posicionarse como epicentro del cambio. Esta vez no rompe con los códigos tradicionales. Le ha bastado con sumarse acertadamente a la gran fiesta de forma sorpresiva. El Oak que llevó Bad Bunny buscaba todo menos la discreción. Es perceptible, deliberadamente latino porque celebra el color y escenifica vitalidad festiva, el show-off como afirmación porque no pide disculpas por brillar.
La paradoja del lujo contemporáneo
En el Super Bowl ya importa más su astronómico alcance que el equipo que gana. Millones de personas vieron al mayor embajador latino combinando moda democrática con alta relojería en una ecuación deliberada. La ropa de Zara y los tenis Adidas comunican accesibilidad cotidiana, rechazo a las barreras elitistas de la moda. Y el AP comunica que el tiempo importa y, en eso, las estrellas no quieren hacer concesiones. Ahí radica la diferencia fundamental con la moda. Puedes adaptar la estética en diseños accesible, romper las jerarquías de quién viste qué. Pero un reloj de alta manufactura es una ecuación filosófica, y ahora política, que no admite medias tintas. Las celebridades de alfombra roja portan instrumentos mecánicos de firmas top porque hasta la cercanía con el público tiene sus límites.
Las vanguardias creativas
La elección de Bad Bunny ya es histórica. AP lleva décadas identificándose con las vanguardias de la música, el arte, el deporte, el cine… Sus colaboraciones con Marvel en modelos con Black Panther y Spider-Man no fueron simples operaciones de marketing, sino nuevas fronteras mitológicas para un reloj de alta gama. Y el último triunfador de los Grammy Awards es un superhéroe en un entorno explosivo como el pasado Super Tazón, el lugar nuclear para reclamar una América unida con mucho amor mientras ponía a bailar a medio mundo. Lo que portó en su muñeca convierte al reloj aún más en un credo de integración masiva.
“No me gusta su música, pero me encantó el show y el reloj”, decía un seguidor de Esquire España, un comentario repetido en ciertas élites del Viejo Continente donde el reggaeton aún no se asimila como música trascendental. Cuatro mil millones de visualizaciones en un día de una actuación de 13 minutos son ya un récord histórico de impacto-tiempo universal. Benito simplemente no lució un reloj. Estaba portando un arma. Y Audemars Piguet sabe mejor que nadie que hacer con ella cuando todo el mundo está mirando.