En 1980, Carlo Crocco desafió las convenciones de la alta relojería al combinar una caja de oro con una correa de caucho. Aquella apuesta, tan arriesgada como visionaria, dio origen a Hublot y sentó las bases de una nueva estética relojera. Más de cuatro décadas después, el fundador de la firma recuerda los primeros pasos de una aventura que conquistó a la realeza europea, revela las anécdotas que rodearon el nacimiento de su diseño y reivindica el minimalismo como una de las claves de su éxito. Una filosofía que vuelve a cobrar protagonismo con el lanzamiento del Tribute to Carlo Crocco.
¿Cómo surgió la idea de crear Hublot?
Si me remonto al principio, es una larga historia. Trabajaba en la empresa familiar, que distribuía relojes suizos en Italia, especialmente Longines y otras marcas. Cuando empecé, en 1969, me encargaba de desarrollar productos de gama de entrada, sobre todo para la marca Breil. Hacíamos productos nuevos, juveniles y atractivos. Comprábamos los movimientos en Suiza y la fabricación se realizaba en el Tesino o en Como. Así desarrollamos productos asequibles para un público joven. En la empresa, mi primo era el director general y se ocupaba de la distribución.
También teníamos otra marca, Vetta, posicionada en la gama media. Yo estaba limitado a la gama baja y no tenía muchas posibilidades de avanzar. Pero quería hacer algo más bonito, así que pensé en desarrollar un producto de muy alta gama. Como homenaje a mi esposa, lo llamé Marie-Danielle. Fue nuestra primera colección de alta gama. Habíamos desarrollado varios modelos interesantes, especialmente uno muy sencillo y bonito, con 12 pequeños tornillos. Nos dimos cuenta de que tenía mucha fuerza y decidimos estudiar una versión deportiva, mientras que el modelo original era muy clásico y elegante.
En aquella época contaba con un excelente colaborador de marketing y otro de diseño. Formábamos un equipo pequeño. Después de dos o tres años, conseguimos desarrollar un producto verdaderamente interesante porque queríamos unir toda la tradición y el saber hacer de la relojería suiza con algo creativo y revolucionario procedente del diseño italiano. Creamos así una fusión entre los grandes relojes clásicos y el diseño italiano, con un elemento completamente nuevo y bastante revolucionario: decidimos colocar una correa de caucho en un reloj de oro. El diseño era muy sencillo, muy puro.
Finalmente, desarrollamos el reloj Hublot y lo presentamos por primera vez en 1980, durante la feria de Basilea. Era una apuesta arriesgada, peculiar. No sabíamos si sería un éxito o un fracaso. Durante los primeros días de la feria nadie entraba en nuestro stand. Estábamos muy preocupados. Pero al cabo de tres días nos dimos cuenta de que todo el mundo nos había visto y hablaba de Hublot. El éxito llegó bastante rápido a partir de entonces.
¿Cómo fue el desarrollo de la correa de caucho? ¿Y de dónde surgió la idea de perfumarla?
La elección de la correa fue difícil. Al principio, junto con el diseñador Franco Maria Mercati, que había dibujado el símbolo, estudiamos distintas correas de oro y acero, pero ninguna funcionaba realmente. Yo quería aportar algo nuevo, revolucionario. Con un lápiz íbamos tachando las correas y diciendo: «No, esto no funciona». Entonces nos dimos cuenta de que la combinación del negro con el oro podía tener una gran fuerza estética. Hicimos una sesión de ideas entre tres personas y fue entonces cuando surgió la propuesta del caucho. Comprendí inmediatamente que podía ser algo fantástico porque marcaba una diferencia. Permitía que el reloj fuera a la vez muy elegante y deportivo. Era el contraste entre tradición y revolución.
Después llegó todo el desarrollo técnico. Trabajamos intensamente con un centro de investigación italiano y con el señor Gamberini, especialista en materiales de caucho. Conseguimos desarrollar una correa con inserciones de acero. La presentamos en un magnífico estuche, con distintas medidas para adaptarse a cualquier muñeca. Y el toque final fue el aroma de vainilla: cuando la gente lo descubría, provocaba reacciones muy concretas y entusiastas. La investigación duró tres años. Fue un trabajo de verdad, pero después de esos tres años conseguimos presentar algo nuevo, especial, que tuvo un éxito inmediato.
¿El objetivo de la marca era sorprender, incluso provocar, y romper con los códigos establecidos?
La idea era hacer algo nuevo sin renunciar al clasicismo ni al saber hacer de la industria suiza. Queríamos aprovechar al máximo la calidad suiza y añadirle algo diferente y especial. El caucho representaba precisamente esa idea. También habíamos imaginado incorporar una tapa al primer modelo porque pensábamos que podía aportar algo todavía más singular: había que abrirla para consultar la hora. En el lanzamiento presentamos un modelo con tapa y otro sin ella.
Comercialmente, el modelo sin tapa funcionó mucho mejor, pero el de la tapa llamaba la atención. Mientras hablaba con el fabricante de cajas Eric Bonnet, un excelente especialista en cajas de alta calidad de La Chaux-de-Fonds, comentábamos precisamente esta tapa y él repetía: «Hublot, hublot» [ojo de buey, en francés]. Fue en ese momento cuando pensé que Hublot podía ser el nombre de esta nueva línea.Teníamos el logotipo, el nombre, la presentación, el estuche, el caucho y el aroma de vainilla. Todo ello produjo un efecto muy potente y positivo.
Parece que todos los elementos coincidieron para crear algo verdaderamente innovador. ¿Qué otros factores contribuyeron al nacimiento de Hublot?
Estábamos en 1980, en un momento muy particular. Las manufacturas suizas atravesaban un periodo muy difícil debido a la llegada del reloj de cuarzo y a la competencia japonesa. Todo el mundo pensaba que los japoneses iban a imponerse a los relojes suizos. Era una época complicada para la relojería suiza. Nosotros llegamos con un reloj de alta gama equipado con un movimiento suizo de cuarzo. Era el momento ideal para introducir un nuevo modelo.Se produjo una combinación de circunstancias extraordinarias que nos favorecieron.
En aquella época tuve un problema de seguridad en Italia y tuve que trasladarme a vivir a Suiza. Fue el momento perfecto para desarrollar allí este producto. Cuando llegué, me pidieron que contratara a cinco personas y pusiera en marcha una empresa. Yo ya tenía el proyecto prácticamente preparado. Era perfecto. Contraté al equipo, empezamos a trabajar y todo encajó. Llegamos con un producto especial en el momento adecuado y he tenido muchísima suerte en mi vida. Es fantástico haber entrado en la industria de alta gama, haber presentado un producto que nació de la nada y haber alcanzado el nivel de las grandes referencias, con la aceptación de las personalidades más importantes del mercado, que todas querían un Hublot.
Volvamos al lanzamiento. Después de unos meses llegó el entusiasmo, pero ¿también hubo personas que rechazaron el reloj porque no entendían el uso del caucho en la alta relojería?
Al principio, el fabricante de cajas de oro reaccionó diciendo: «¡No, algo así no es posible!». Las personas más tradicionales decían lo mismo. El distribuidor de Vacheron en Italia me dijo: «¡Pero estás loco!». No había entendido absolutamente nada. Después, ante el éxito fulgurante del reloj, tuvo que reconsiderar su postura. Una vez que el producto estuvo terminado y presentado, la mayoría lo comprendió. Era un reloj simultáneamente muy elegante, clásico y práctico. Los médicos podían lavarse las manos sin quitárselo. Combinaba igual de bien con un esmoquin que con la ropa deportiva, tanto para hombres como para mujeres. Tuvimos muchísima suerte. Era perfecto.
¿Otras marcas comenzaron a inspirarse en Hublot después de la feria y del entusiasmo que despertó?
Todas. En 1985, cinco años después del lanzamiento, todas las marcas de gama media habían hecho copias de Hublot, algunas prácticamente idénticas. Tuvimos numerosos litigios para defender el producto y la marca. Ganamos muchos, pero fue agotador. Las copias estaban por todas partes: en Hong Kong, China, Nápoles… Todo el mundo tenía un Hublot original o una copia. En determinado momento, la moda pasó y atravesamos una etapa difícil. Pero, poco a poco, la gente comprendió que era un clásico, un reloj capaz de perdurar 100 o 200 años. Me alegra mucho ver que Hublot ha vuelto a inspirarse en el modelo original y ha comprendido que ahí reside su fuerza: crear algo inmortal, o casi.
Fue el primero en combinar un metal precioso como el oro con el caucho. ¿Era consciente del riesgo empresarial que suponía esta decisión?
Me gusta bastante el riesgo, así que decidí asumirlo. Sí, podría haber sido un fracaso. Pero cuando vimos cómo nacía y evolucionaba el producto, pensé que realmente estábamos creando algo especial, con esa idea de ser revolucionario sin dejar de ser clásico. Hublot debe conservar esta filosofía: ser clásico y, al mismo tiempo, incorporar algo revolucionario. Estoy convencido de que la marca puede seguir desarrollándose en esa dirección.
Regresemos al primer reloj que creó como homenaje a su esposa, Marie-Danielle. ¿Cómo y con quién lo desarrolló?
Fue muy sencillo. Trabajábamos con una empresa de Ginebra que hoy ya no existe, Fuchs. En colaboración con el fabricante de cajas, desarrollamos una caja muy sencilla y pura, con 12 pequeños tornillos. Nos dimos cuenta de que con sencillez, pureza y minimalismo se pueden crear cosas muy bellas. Mi filosofía consiste en quitar en lugar de añadir. Con aquellos 12 tornillos se podía hacer un reloj sin nada más, incluso sin índices horarios, y conseguir algo puro y muy bello. Los clientes acogieron muy bien aquel modelo. Un día, durante un viaje a París, mi colaborador Giorgio Fontana, que se ocupaba de las ventas, me dijo: «¿Por qué no hacemos un modelo deportivo a partir de esta idea?». Fue entonces cuando el proyecto empezó a tomar forma y se desarrolló progresivamente.
Cuando creó el Marie-Danielle, ¿todavía no vivía en Suiza?
No, fue antes. El Marie-Danielle se remonta a 1975-1976. Llegué a Suiza a finales de 1979, cuando el proyecto ya estaba prácticamente terminado.
¿Qué inspiró el diseño original de Hublot y su vinculación con el ojo de buey de un barco?
Queríamos hacer algo diferente y especial. La idea del caucho ya era fantástica, pero yo quería ir todavía más lejos en términos de originalidad. Por eso pensé en la tapa, que aportaba un elemento aún más singular. Encajaba muy bien con la imagen de un barco. Desarrollamos un concepto publicitario alrededor del barco y de la tapa, con el eslogan «A New Adventure in Time» [Una nueva aventura en el tiempo]. Aquella presentación dio muy buenos resultados.
¿Cómo surgió exactamente el nombre Hublot?
Mientras hablaba con Eric Bonnet, el fabricante de cajas de La Chaux-de-Fonds. Todavía no teníamos un nombre. Yo hablaba de una tapa y él hablaba de un ojo de buey (hublot). Nos dijimos: «Hublot, Hublot, no está mal». Investigamos un poco y vimos que el nombre funcionaba bien, así que decidimos adoptarlo. En inglés, hub evoca el centro y lot, la suerte o la felicidad. Francesco Maria Mercati diseñó un logotipo muy potente, muy positivo, con dos columnas ascendentes que representaban la tradición suiza y el diseño italiano. Era sencillo y diferente de lo que existía en el mercado. Fue un riesgo calculado, pero afortunadamente no fracasamos.
¿Y qué representaba la H del logotipo? ¿Una ola?
Sí, una ola ascendente, que siempre sube. Era un diseño sencillo, muy eficaz y reconocible, que tuvo un gran éxito desde el principio. El diseñador Mercati hablaba de un diseño muy puro, muy minimalista. Era perfecto para el producto.
¿Tenía alguna referencia concreta del diseño italiano para ese minimalismo? ¿La arquitectura, por ejemplo?
No, ninguna en particular. Trabajaba con aquel diseñador, que era una persona muy minimalista. Era todo un personaje. También era fotógrafo y estuvo fotografiando el mismo tarro durante 50 años para alcanzar la perfección. Teníamos un equipo pequeño, de cuatro o cinco personas como máximo, que se ocupaba del marketing, las ventas, el diseño y la producción. Desarrollamos el producto con muchísima satisfacción y motivación. Siempre he tenido colaboradores fantásticos.
¿Cómo reaccionaron los clientes cuando presentó el primer Hublot?
Al principio, la gente ni siquiera se fijaba en él. En Basilea habíamos colocado un único modelo en el escaparate. Era un reloj singular, con verdadera personalidad. El primer día no vino nadie. Estábamos asustados. Yo estaba con mi esposa y salimos a comprar materiales para escribir «correa de caucho» en el escaparate. Finalmente, hacia el segundo o tercer día, toda la feria hablaba de Hublot porque era algo especial, nuevo, excepcional. El director de Cartier pasó por allí y dijo: «Este es el producto que deberíamos haber tenido nosotros».
Al mismo tiempo, publicamos un anuncio en Time Magazine con la imagen de un velero. Aquella publicidad llamó la atención de Constantino, el exrey de Grecia, que telefoneó para pedir el reloj. Fue a una joyería de Gstaad y compró dos: uno para él y otro para su cuñado, el rey de España. Nos dijimos: «Si los reyes están comprando…». Después de unos meses, todas las casas reales europeas, así como grandes personalidades de la industria y de la moda, querían un Hublot. Nos convertimos en el reloj de los reyes. El rey de de España, de Suecia, de Mónaco… Todos querían un Hublot. Los dos primeros días temimos un fracaso absoluto y, unos meses después, el éxito fue enorme.
¿También había clientas entre aquellos primeros compradores?
Sí, por supuesto. Carolina de Mónaco, Estefanía de Mónaco, la señora Chirac… Había de todo, hombres y mujeres. La imagen de la navegación transmitía una impresión bastante masculina, pero nuestras ventas estaban repartidas al 50%. También era un reloj para mujeres: muy elegante, deportivo, clásico y revolucionario.
¿Desde el principio pensó en crear un reloj unisex o fueron las mujeres quienes se apropiaron del diseño?
Presentamos dos modelos: uno femenino y otro masculino. En aquella época, el reloj de hombre tenía un tamaño mediano. Más adelante tuvimos que hacer modelos más grandes debido a la evolución de la moda. Pero desde el principio existían un modelo femenino y otro masculino, y ambos tuvieron el mismo éxito. El aroma de vainilla también resultó muy interesante, especialmente para las mujeres al principio.
¿Cuál es el origen de las siglas MDM?
MDM… Al principio teníamos el reloj Marie-Danielle, pero el nombre resultaba demasiado femenino para este nuevo modelo masculino de 12 tornillos. Así que decidimos llamarlo «Marie-Danielle Montre» [Reloj Marie-Danielle]. Para Hublot necesitábamos un nombre específico. Creamos Hublot, pero queríamos conservar MDM Montre como nombre del fabricante, mientras que Hublot designaba la línea, el modelo. Posteriormente, Hublot adquirió tanta fuerza que se convirtió en la propia marca, pero al principio la marca era MDM. Mantuvimos MDM en la parte inferior de la esfera hasta 2004, pensando que desarrollaríamos otros productos con ese nombre. Como todo iba muy bien, también quisimos hacer algo en el ámbito social y creamos un premio anual para reconocer a alguien que realizara una buena labor en favor de los niños. El primer premio fue para Edmond Kaiser, fundador de Terre des Hommes. Cuando le mostré mi tarjeta de MDM, inmediatamente me dijo: «MDM: Main Dans la Main» [Mano a mano]. Me pareció maravilloso y así nació la fundación MDM Main Dans la Main.
¿Puede hablarnos de su asociación MDM?
Empecé a viajar a la India en 1996-1997. Quería adoptar niños, pero era muy complicado y mi esposa no estaba demasiado a favor. Así que empecé a desarrollar proyectos para ayudar a los niños en la India. Algunos amigos quisieron participar y creamos una fundación para dar estabilidad a la iniciativa. La llamamos MDM Main Dans la Main y, desde entonces, hemos desarrollado proyectos para niños en la India, así como otras iniciativas en Suiza, en el Tesino y en Italia.
En la India tenemos hogares para niños huérfanos, enfermos o abandonados, proyectos contra el infanticidio femenino y acciones destinadas a jóvenes embarazadas. También quería crear una empresa social, reproducir en el ámbito social lo que habíamos conseguido con éxito en el mundo de los relojes. Estudié la posibilidad de desarrollar un producto alimentario, pero era complicado. Después encontré una granja en la que desarrollar una actividad terapéutica con animales, porque me gustan mucho los niños y los animales. Hoy este proyecto trabaja con caballos, burros, gallinas, alpacas, llamas y conejos, destinados a actividades terapéuticas para niños con trastornos psicológicos o autismo.
Cuando creó Main Dans la Main en los años 90, ¿influyó en su manera de dirigir la marca y entender el negocio relojero?
Sí, fue algo muy positivo, incluso maravilloso.Cuando creamos la fundación, todo el mundo estaba entusiasmado.Los empleados querían participar y algunos proveedores viajaron a la India. Cuando se trataba de aportar 1,000 francos, ni siquiera había discusión: se entregaban a la fundación. Aquello creó un espíritu empresarial muy positivo. Jean-Claude Biver llegó después y creo que también existía esa idea de la fundación, de incorporar una dimensión social y no únicamente lucrativa. Aunque nunca la explotamos comercialmente, fue algo maravilloso para el ambiente interno de la empresa.
Hablemos del Classic Fusion Tributo. ¿Qué reconoce del reloj original en este nuevo modelo? Me parece absolutamente logrado. Este reloj de oro amarillo es perfecto. Tendrá mucho éxito y estoy muy contento con él. La idea de conservar los 12 tornillos sin necesidad de índices horarios, con una esfera pura y minimalista, pero manteniendo su personalidad y ese carácter deportivo y elegante al mismo tiempo, es perfecta