El hospital que aterrizó frente al Misti

Crónica de un viaje a Arequipa, donde un avión sin butacas cura ceguera evitable desde hace 44 años. Y Omega me ayudó a entenderlo

Arequipa recibe a 2,335 metros, con el aire fino y la luz que solo tienen las ciudades construidas en sillar blanco. Antes del aeropuerto hay calles empedradas, balcones tallados en piedra volcánica y puestos a la calle donde se vende papa amarilla junto a queso fresco, como si el tiempo ahí corriera distinto. Luego, el grupo de prensa latinoamericano cruzamos la pista y, a lo lejos, vemos un avión que no se mueve. Lleva ahí 14 días, con el volcán Misti detrás, como si posara para una postal que nadie encargó.

El Misti no parpadea. Vigila la ciudad desde hace cientos de miles de años y esa mañana tenía compañía nueva: un McDonnell Douglas MD-10 que por fuera parece un avión de carga jubilado y por dentro es un hospital completo, con quirófano, aula, sala de espera y simuladores. Se llama Flying Eye Hospital y pertenece a Orbis International.

Este McDonnell Douglas MD-10 parece un avión de carga jubilado, pero es un hospital completo, con quirófano, aula, sala de espera y simuladores. En la foto, el equipo de Orbis Internacional y Omega junto a los periodistas invitados.

Fui invitado por Omega, que sostiene esta causa desde 2011. Lo digo así, de entrada, sin rodeos, porque una revista de relojes tiene que explicar por qué cubre algo que no tiene manecillas. La respuesta la encontré subiendo la escalerilla: ahí donde otros verían marketing, yo vi un oficio. El de la precisión aplicada a algo que no admite un segundo intento: un ojo.

La buena causa de Omega

El dinero detrás de esta misión no siempre llega de forma solemne. En febrero de 2024, Omega subastó con Sotheby’s, en Hong Kong, un lote de maletas MoonSwatch en edición especial. Recaudó más de 534,000 francos suizos y los donó completos a Orbis. Es un dato menor comparado con lo que ocurre a bordo del avión, pero explica algo: aquí hay mucho más que un cheque frecuente firmado desde una oficina en Bienne. Hay relojes convertidos, literalmente, en quirófanos. El avión lo donó FedEx —es ya el tercero de la flota— y alrededor del fuselaje hay un cinturón de baterías gigantes, del tamaño de contenedores, para que nunca falte electricidad en medio de una cirugía en un lugar remoto. Hoy en Arequipa. Mañana en Vietnam o donde la ayuda haga falta.

Nada en este montaje es improvisado. Todo, hasta la logística eléctrica, está pensado para que el error no exista. Adentro no hay clase turista. Hay una sala con seis sillas para pacientes que esperan turno. Hay una zona con ojos artificiales, perfectos, que sirven para practicar antes de tocar a una persona de verdad. Hay un rostro en tercera dimensión donde los médicos ensayan gestos que luego repetirán, ya sin margen de error, sobre un paciente despierto. Y al fondo, un quirófano sellado que se observa a través de una ventana, como quien mira un taller relojero desde la vitrina: gasas, luces frías, manos que no tiemblan.

En el simulador una instructora nos explica cómo funciona. Un trabajo milimétrico. El pulso de un médico oftalmólogo experto que alterna esto con su actividad regular en una clínica privada: dos manos, dos pedales, la mirada fija en una pantalla que magnifica cada temblor. No hay examen al final del día, hay otro día. La paciencia, aquí, también se entrena. Lo que pasa en el avión no se queda en el avión. Orbis capacita también a distancia, con una plataforma que llaman Cybersight: telemedicina, cursos en línea, Inteligencia Artificial y simuladores de realidad virtual para médicos que jamás pisarán este MD-10. La lógica es simple y un poco obstinada: si el avión no puede llegar a todos, que llegue el conocimiento. Enseñar a enseñar, para que la misión no dure solo dos semanas.

El proyecto Orbis arrancó en 1973 y tomó vuelo en 1982, el año en que despegó su primer avión hospital. Desde entonces ha entrenado a generaciones de oftalmólogos en 95 países, casi siempre donde viajar a un congreso internacional es un lujo inalcanzable. Por eso el avión va a ellos. En Perú, además, la relación es más vieja que esta visita: desde 2022, Orbis tiene un acuerdo a cinco años con el Ministerio de Salud para fortalecer la atención oftalmológica en cinco regiones del país. En Arequipa trabajó junto al Hospital Regional Honorio Delgado, con especialistas de varios países, con Omega como socio, que compartieron, durante dos semanas, todo lo que saben con el equipo médico local.

Al frente de la misión clínica está la doctora mexicana María José Montero, que dirige los servicios clínicos del avión y que insiste, una y otra vez, en la misma idea: lo que Orbis deja no es una cirugía, es un médico local que ya sabe hacerla solo.

Misión cumplida

Las actrices Karla Souza y Belén Soto viajaron con nosotros, invitadas como embajadoras y amigas de Omega. Las vi subir al avión con esa mezcla de curiosidad y respeto que pone cualquiera frente a algo que no terminan de entender del todo. Hablaron poco. Miraron más de lo que hablaron, sobre todo frente a la ventana del quirófano y se tomaron fotos con toda la tripulación. Erick Encampira, mexicano, médico voluntario para el programa Orbis en Perú, hacía de guía: conocía cada rincón del avión de memoria, como quien ha hecho este mismo recorrido demasiadas veces para seguir mostrando asombro, pero la motivación intacta.

Cooperación con impacto

Al día siguiente, en la sala de espera del hospital regional Honorio Delgado, con quien coopera Orbis, vi a una mujer mayor apoyada en el brazo de su hija, con los ojos todavía vendados por una cirugía el día anterior en el Flying Eye Hospital. No hablé con ella. Tampoco hacía falta. En el avión me explicaron que muchos pacientes llegan con bastón y del brazo de alguien, y se van caminando solos. Pero su cara se transformó al retirarle las vendas. Parece que la operación fue un éxito. Karla conversó con un paciente zapatero operado el día anterior y totalmente recuperado –asombroso– con genuina curiosidad.

Raynald Aeschlimann, presidente de Omega, dice sobre esta iniciativa: “He aprendido el verdadero valor de la vista gracias a esta alianza. La ceguera tiene un impacto devastador, también económico, en las familias. El trabajo de Orbis es una de las formas más eficientes de revertir el ciclo de la pobreza. Lo que más me conmueve es el trabajo con los niños”.

Hay un detalle que desarma a cualquiera. A cada niño que entra a cirugía le entregan un osito llamado Seymour (See-more), con un ojo tapado. Es de Omega, y es casi lo único de Omega que se ve en todo el avión, además de un discreto reloj de pared en el quirófano. Cuando el paciente sale, el osito tiene el parche puesto en el mismo ojo que acaban de operar. Nadie tiene que explicarle nada a un niño de cinco años: basta con mirar al oso.

La alianza tiene historia propia, ajena a esta visita. En 2016, Cindy Crawford subió a este mismo avión, también en Perú, con su hija Kaia; de ahí salió un documental que llamaron “El hospital en el cielo”. En 2011, Daniel Craig hizo algo parecido en Mongolia. Omega es de las firmas que miden sus compromisos en décadas, no en campañas: lleva desde 1995 con Cindy Crawford, y sus alianzas deportivas duran igual de años. Dice que ese tiempo es lo que distingue a un socio real de una temporada de marketing. Quince años después de aquel primer acuerdo con Orbis, la fórmula sigue siendo la misma: prestar una cara conocida para que una causa desconocida se vea un poco más.

Filantropía real

Las cifras, si hacen falta, son estas: 1,100 millones de personas viven hoy con algún tipo de discapacidad visual en el mundo. El 90% de esos casos se puede prevenir o tratar con acceso oportuno a atención especializada. La distancia entre esas dos cifras es, literalmente, este avión. Y por si la pregunta ronda —¿esto es filantropía real o una buena historia para vender relojes?— ahí va otro dato: Orbis está entre el 3% de las organizaciones benéficas mejor calificadas de Estados Unidos, según Charity Navigator, GuideStar y el Better Business Bureau.

No depende de que Omega exista. “Cada misión deja un impacto duradero en las comunidades donde trabaja y nuestra mayor contribución es ayudar a que más personas conozcan la extraordinaria labor que Orbis realiza todos los días”, dice Raynald. Quince años de alianza dan para pocas frases tan sobrias.

Volví de Arequipa sin una sola foto de relojes. Volví con la imagen de un volcán quieto, un avión ocupado y un oso de peluche con parche. A veces el mejor argumento para hablar de una marca es no hablar de ella. Y a veces, el mejor lugar para entender un reloj —lo que significa medir bien algo que importa— es un sitio sin relojes de por medio.

Carlos Alonso

Los contenidos en evolución son su razón de ser sin que importe el soporte. “La vida y la relojería, donde se ha especializado por más de 30 años, no son nada sin contenido”. Después de que los soportes hayan vivido una revolución tecnológica es momento de volver a defender el buen periodismo como una necesidad general.

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Redactor

Decía Antonio Machado que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas. Me he guiado por esta máxima durante casi veinte años que llevo escribiendo de relojes. En mi mano está hacerlo del modo más ameno posible.
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