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“Pensé que eran mejores que yo”

Sir Jackie Stewart lleva 51 años como firme embajador de Rolex. Y en 2019 se cumplieron 50 años de su primera victoria. Un campeón carismático, ingenioso y elocuente que disfruta de la compañía y la conversación. Así departió entre risas y anécdotas en una entrevista realizada durante su más reciente visita al Gran Premio de México.

¿Por qué el Gran Premio de México es reconocido como una de las mejores experiencias de F1? ¿qué lo distingue?

Que hay una gran afición. Para mí es muy grato volver a estar aquí, aun cuando recuerdo que perdí el campeonato de México en 1968 por una falla mecánica en el tanque. Debí ganar, y es extraño hablar de esto ahora. Aunque Graham Hill fue un mejor campeón de lo que yo hubiera sido. Quedé en segundo lugar del campeonato y en cuarto o quinto de la carrera. ¡Un auto de F1 es una de las mejores cosas en cuatro ruedas que puedes conducir! Es muy sofisticado, tiene una maquinaria impresionante que además evoluciona con velocidad. Dos semanas después de este Gran Premio habrá mínimo cuatro o cinco novedades en cada uno de los autos, ya verán. Los ingenieros y los analistas de la F1 hacen que parezca más elevada que la exploración espacial con su tecnología cada día más avanzada. Me parece que, de hecho, en el automovilismo se resuelven los problemas más rápido que en cualquier otro lado. Y hay que decir que ya contamos con un gran número de mujeres ingenieras trabajando en la F1. En Reino Unido, que es de donde provengo, eso es un tema muy relevante, y destaca también que muchas universidades ya incluyen deportes de motor con cursos y doctorados, así que la innovación seguirá.

Carisma en los circuitos del mundo.

Hay dos objetos que son muy importantes aquí. Primero el coche y segundo, el reloj que usa. ¿Alguna historia especial sobre el reloj que trae ahora?

No tuve un reloj especial hasta muy tarde en mi vida, no podía pagarlo. Pero admiré los relojes desde que era pequeño y me gustaba saber cuáles usaban las personas. Cuando realmente entré a este mundo fue en 1968, el año en que Rolex me contactó para aliarnos. Fue una completa sorpresa para mí. No sé si en ese entonces ellos sabían que yo tenía un Rolex. Fue mi primer reloj. Lo compré después de correr en Indianápolis, donde me fue muy bien en las calificaciones. Era una época en  la que la Indy pagaba mejor que la F1. ¡Me dieron 136 mil dólares porque había manejado suficientemente rápido! ¿Y qué hice? Fui a Houston a comprarme un Rolex. Siempre había soñado con tener uno y mi familia nunca pudo darse esa clase de lujos. Elegí uno de oro de 18 quilates, con brazalete, con fechador y todo el show. Y como era Texas por supuesto pensaron que me había ido muy bien y le agregaron diamantes en el bisel. Les di las gracias, aunque se los quité todos cuando volví a casa, en Escocia. Desde entones colecciono relojes y amo sobre todo mis Rolex. Al Gran Premio de México traje un Daytona nuevo con una correa azul que combino con mi traje del mismo color. Para un hombre son la única joyería. Puedes tener un buen traje o unos buenos zapatos, pero un reloj es una pieza de ingeniería delicada e impresionante. En especial cuando se trata de un reloj que una firma ha fabricado en su totalidad como sucede con la manufactura Rolex.

Relox Cosmograph Daytona el compañero de Sir Jakie Stwart.

¿Cuáles son los mayores recuerdos que tiene de su carrera como piloto?

Uno es que el deporte de motor es muy ruidoso, ¡así que ahora estoy sordo! Pero, siendo serio, tengo muchos grandes momentos que recordar: haber ganado la Fórmula 3 en Montecarlo, por ejemplo. Era muy joven y era mi primera carrera fuera del Reino Unido. Los ganadores tanto de la F1 como de la F3 eran invitados a una gala en la que se sentaban a un lado de la princesa Grace Kelly, así que pude pasar un momento con ella. Otro episodio que recuerdo con gusto es cuando gané en Núremberg por más de cuatro minutos. Y también mi primer campeonato del mundo, porque lo gané por el menor margen de tiempo en la historia del deporte en ese momento. Esas son las tres cosas de las que más me acuerdo. Creo que en mi época fuimos muy afortunados porque de los 30 coches que había en la pista, al menos 24 o 25 tenían el mismo motor y debido a eso se estaba mucho más cerca en la carrera y había más variedad de nombres entre los ganadores.

Cuando ganó sus tres campeonatos las competencias eran más cortas: ganó con 11, luego 15 y, el último campeonato, con 14 carreras. Ahora hay 20 o 21 carreras por año en la F1.  ¿No cree que son demasiadas?

Y para el año que entra serán 22… Es un deporte cada vez más global. Se ha desarrollado bien. Y es que en todos los países se conducen coches. Por apuntar algo, hoy existen más personas con licencias de conducir en India que en Estados Unidos y Canadá juntos. En algún momento, cualquier persona siente que es parte del deporte motor. Pero respecto al número de carreras actuales, pensemos: el campeón mundial, Lewis Hamilton, solo participa en la F1, así que solo tiene 21 carreras al año. Cuando yo competía, tenía no menos de 60 carreras anuales porque lo mismo estaba en la F1 que en un Touring o un GT. Así era como ganábamos dinero porque no abundaba en la F1. Yo era mecánico de un taller y aunque la F1 me daba mejores ganancias que mi trabajo, para realmente conseguir dinero tenías que hacer Indianapolis, Can-Am, Touring, GT y Le Mans, entre otras; además con autos distintos. En 1971 conduje quizá 35 en 53 carreras. Otro tema es que las mayores cantidades monetarias estaban en Estados Unidos, así que trabajando para NBC Sports crucé el Atlántico 86 veces en un año, 37 de ellas en el Concord. A veces iba dos veces por semana porque hacía comentarios en Atlanta… En fin, la cantidad de carreras que corre ahora un piloto de Fórmula 1 son muy pocas. Antes hacíamos dos Grand Prix al día, pruebas de tiempo y de llantas. Ahora ya no se hacen pruebas de tiempo. Es un mundo diferente, pero más seguro, lo cual es mucho mejor.

«Cuando yo competía, tenía no menos de 60 carreras anuales».

¿Cómo se parece una pista de F1 a la vida, el vivir y el manejar?

Manejar es lo más importante que he aprendido. Antes de ser piloto jugué tiro olímpico para Inglaterra y Escocia. Al disparar, si me ponía muy nervioso o si estaba muy confiado y se me iba un blanco, no lo podía recuperar, no había otra oportunidad. Pero en la pista, como en la vida, puedes cometer pequeños errores y luego ganar puntos; lo mismo que pasa con un golfista o con un jugador de tenis. Aprendí cómo controlarme y eso es lo más importante que he desarrollado en mí mismo. La emoción es muy peligrosa, así que la quité.  Si te emocionas, pierdes o dices cosas de las que puedes arrepentirte. Quitar las emociones no es muy bueno en cuestiones de amor, pero sí en el automovilismo o en los negocios. Quienes se dejan llevar por el enojo no dicen lo correcto, no piensan. Otra similitud está en la posibilidad de  reconocer las propias torpezas. Puedes dejarte llevar por el éxito y pensar que es fácil,  que siempre será así. Yo nunca pensé que fuera mejor que otro piloto, jamás. Siempre pensé que los otros eran mejores que yo, o que se organizaban mejor, o que su coche era más veloz. Y así lo intentaba más, peleaba más. También aprendí a poner atención a los detalles. Soy disléxico, así que tuve que hacerlo.

«Aprendí a poner atención a los detalles».

Se dice que la F1 ha perdido la emoción: mismos ganadores, pilotos como  cyborgs con mucha tecnología…

Sucede que un piloto no debe ser emocional aunque la velocidad y el peligro lo provoquen. Como espectador es distinto, nadie quiere ver morir a alguien, pero ver a un piloto equivocarse a gran velocidad es emocionante. Creo; sin embargo, que no muchos pilotos han podido hacer lo que yo: quitar la emoción. Cuando gané mi primer campeonato mundial, no pudieron hacer que me exaltara hasta más de un día después… Me había quedado mudo.

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