Michel Navas, cofundador y maestro relojero de La Fabrique du Temps es uno de los mejores relojeros vivos que casi nadie reconocería por la calle. No es una paradoja. Es una elección. “A mí no me ha dolido para nada no tener mi nombre en la carátula”, dice. “Lo que nos gusta a Enrico y a mí es trabajar en el taller y realizar lo mejor que podamos para los clientes.” Modesto. Discreto. Genial en la sombra. Navas pertenece a esa estirpe de relojeros cuyo talento se mide por lo poco que ha necesitado exhibirlo.
Su padre también era relojero, en la provincia de Salamanca, España, y Michel empezó con él. Se graduó a la cabeza de su generación en Besançon, la capital francesa del oficio. En 1980 entró en Audemars Piguet, una de las pocas plazas que la manufactura ofrecía ese año, en plena resaca de la crisis del cuarzo. Siete años decisivos. En 1986 formó parte del equipo que montó el primer reloj de pulsera con tourbillon de la historia. Un año después, en 1987, se incorporó al taller de Gérald Genta, entonces la casa más audaz de la relojería. Ahí conoció a Enrico Barbasini. Y ahí empezó todo.
Dueto inseparable
Era el momento exacto en que la relojería independiente se manifestaba como movimiento. Daniel Roth dejaba Breguet en 1988 para fundar su propia firma. Franck Muller, Roger Dubuis, François-Paul Journe emergían como incipientes creadores. Navas vivió esa revolución sin protagonizarla. En Patek Philippe absorbió el rigor técnico por la complejidad técnica. En Franck Muller aprendió lo contrario: la libertad de pensar una relojería menos clásica. Ahí nació el Crazy Hours, la hora que salta de manera caprichosa. Un parteaguas en su día. Navas y Barbasini la hicieron realidad y sigue siendo, dice él, uno de los desarrollos más impactantes de su carrera.
Con Barbasini formó un dueto inseparable. Ambos aportan ideas y ambos las convierten en realidad. Michel tiene algo más que decir sobre el diseño. “A veces no estamos muy de acuerdo sobre algo, pero es lo que hace que el producto sea lo que es”, precisa. “Si estuviéramos siempre de acuerdo resultaría un mínimo denominador común.” Dos temperamentos que solo funcionan del todo cuando se complementan entre sí.
En 2004 fundaron BNB Concept (Buttet, Navas y Barbasini) junto a Mathias Buttet. Proveedor discreto de tourbillones multiaxiales y complicaciones imposibles para media docena de marcas. La crisis de 2008 se llevó BNB —Hublot terminó absorbiéndola—, pero en 2007 Navas y Barbasini ya se habían marchado para fundar La Fabrique du Temps por disparidad de criterios con Buttet. Esta vez, decidieron no crecer demasiado rápido y más centrados en “la belleza relojera”. Ahí desarrollaron el calibre del tourbillon de Laurent Ferrier, su amigo y excompañero de Patek, que se lanzaba entonces como relojero independiente. En su mejor momento, LFDT trabajó para trece marcas distintas.
Cuando Louis Vuitton se acercó en 2011 para reforzar la relojería de la firma, Navas esperaba perder libertad creativa. Ocurrió lo contrario. El grupo aceptó sus dos condiciones: permanecer en Ginebra y seguir atendiendo a otros clientes. Y terminó construyéndoles una hiperdotada fábrica propia. Ahí el talento de los dos maestros relojeros se volvió visible. El Spin Time, el Twin Chrono, primicias mundiales que solo existen en LV. Desarrollos únicos, no solo por su mecánica novedosa, sino por lo que representan. Ambos le dieron a los relojes de Louis Vuitton una personalidad propia, distinta de la de una manufactura tradicional pero respetable: la mirada de una maison de moda aplicada a la alta relojería. “Trabajamos con diseñadores que aportan un toque contemporáneo, aunque mi espíritu al terminar sigue siendo clásico y técnico”, dice. Hoy dirigen un taller de cerca de 200 personas y varios Poinçon de Genève.
Gérald Gente y Daniel Roth
Ese mismo instinto es hoy su obsesión: repensar lo que hubieran hecho hoy Gérald Genta y Daniel Roth. Desde 2023, Michel y Enrico lideran el relanzamiento de ambas marcas. “Un orgullo total”, dice. Y también “una gran responsabilidad”: la de no defraudar a dos genios que ya no pueden opinar sobre lo que se hace con su nombre. Con Genta, muerto hace 15 años y con quien trabajaron largos años, las ideas se apoyan en su viuda Evelyne Genta y su hija Alexia, guardianas de la memoria. El reto ahí es de diseño y para ello LFDT tiene el departamento de Matthieu Hegi.
Con Roth, que a sus 81 años sigue en La Vallée de Joux y al que visitan con frecuencia, el reto es más mecánico: terminar los desarrollos que Roth no alcanzó a completar en los pocos años en que su firma fue independiente. Cuando le muestran en su casa la última pieza, el Tourbillon, Roth se pone la lupa. La examina. Y suelta un veredicto que Navas repite con orgullo: “Es más bonito que el mío.
Sobre el estado actual del oficio, marcas independientes por decenas y nostalgia por lo vintage, Michel tiene la serenidad de quien ya no compite por un espacio. Su consejo para quien empieza no es técnico. Es de intención. “Que si hacen relojes sea porque tienen algo que decir, que aportar, y no solo porque ven una oportunidad.”
Le preguntamos por lo que le queda por hacer, y responde con la misma llaneza de siempre. Tanto. Y tan poco tiempo. Nunca se le ha pasado por la cabeza tener una marca con su propio nombre. “Me contento con poco”, dice. Trabaja mejor, asegura, cuando el encargo es de otro que si fuera solo para él. Es la fórmula que explica 40 años de carrera construida detrás de carátulas ajenas. ¿Cómo te gustaría que se te recordara? Le preguntamos. “Que Michel Navas hizo tanto para los otros. Nada más.” Lo dice como quien ya hizo las paces con esa idea. Pero aún tenemos Navas y Barbasini para rato: lo verán en las una o dos piezas que Genta y Roth estrenarán cada año a partir de ahora.